Los cerros de UCI
En el pueblo de Ucí, Yucatán, a 10 minutos de Motul, existen unos monticulos de piedras, conocidos como “Los cerros”, realmente estos cerros son ruinas de los antiguos mayas habitantes de esta zona, tuve la oportunidad de visitarlos para tomarles fotos para La Voz de Motul, realmente no impresionan, son “monticulos de piedra y tierra”, pero eso no es lo importante, Se dice que ahi se fundo en el primer intento la Ciudad de Motul pero lo más importante es la leyenda que existe con respecto a estos cerros y el cenote (o lo que queda de el) que esta ahi cerca.
Pero antes de leer la leyenda, hechemosle un vistaso a los super cerros:
Esta es la imagen que sirvió de portada, se ve claramente como este monticulo fué una minipiramide maya.

Vista panoramica donde podemos apreciar 2 cerros (creo que son 4 en total)

Ya desde arriba de un cerro podemos observar un tipico paisaje yucateco “la albarrada”, ahh y otro cerro

Y cansados de ver solo cerros, veamos tambien una rama 

Esta es la entrada del cenote Popolá que esta cerca de los cerros, actualmente se encuentra destruido, según nos contó una señora que nos ayudo a encontrarlo el huracan isidoro fué el culpable de su destrucción.

Y al lado del cenote podemos encontrar un antiguo horno de piedra.

yyyy… ahora si “la leyenda”:
La Leyenda de Ucí por Eulogio Palma y Palma
Dos millas al norte de esta ciudad, con alguna
desviación al nordeste, existe una aldea habitada
casi en su totalidad de mayas, llamada
Ucí. Su aspecto es agreste y pintoresco como
lo son generalmente las pequeñas poblaciones
en que la naturaleza desenvuelve con más libertad
todos sus atractivos y su seductora magia.
Pero ninguna en esta parte del país a lo
menos, presenta más hermosos paisajes porque
en su recinto se levantan varios gigantes
cerros a más de muchas pequeñas alturas diseminadas
en torno de estos en un radio que,
por lo inculto del terreno, no es fácil determinar.
En la estación seca los deshojados árboles
y la muerta y pardusca hierba de los solares,
dejan entrever desde la carretera que la cruza
o desde las onduladas y estrechas callejuelas
las formas y perfiles de aquellas prominencias
circulares unas, oblongas otras, cuadrangulares
muchas y cónicas las más altas terminando
en puntas o mesetas más o menos anchas;
pero en la estación lluviosa, todo lo cubre un
manto verde que más tarde labran de magníficos
matices las flores silvestre de la época.
Entonces las líneas geométricas y los restos
de gruesos paredones se borran quedando sólo
señalados bajo el florido tapiz y los cortinajes
de las enredaderas, las depresiones y las
alturas a que el nacimiento o la puesta de sol
con sus raudales de luz y sus líneas y fajas
de sombra, dan un aspecto indescriptible. En
una de las planicies más anchas adyacentes a
un cerro coronado por una meseta pequeña,
se ven abundantes flores de San Diego que
hace una preciosa labor color de rosa sobre
los márgenes verde-oscuras de la explanada.
Tal vez esta enredadera fue plantada por los
mayas en el atrio del templo pagano, cuando
este magnífico se levantaba en medio de la
Menphis yucateca allá en remotos tiempos;
pero los actuales que han perdido memoria de
esto y hasta de que el momento fue construido
por sus mayores, suponen ahora la oculta
mansión de un misterioso genio cuyo palacio
aparentan en su interior; el cual por ser el más
grande y por la particularidad de cubrirse en
una parte del año de flores de San Diego, lo
creen también la morada del Dios principal
de la ciudad muerta por lo que verá después.
Ahora conviene dar algunos detalles más que
son necesarios para la mejor inteligencia del
lector. Cerca de una de estas moles gigantes,
existe una cueva o cenote que los mayas en su
idioma denominan Popolá. Es una depresión
de unos quince o dieciséis metros de anchura
y once o doce de profundidad. Para bajar es
preciso asirse de las piedras salientes y de las
raíces que descienden hasta el fondo en donde
se ve una pequeña porción de agua cenagosa
que brota bajo la enorme peña. No se ve más,
pero si se arroja una piedra por una oquedad
de la roca a que me refiero, su caída produce
un ruido extraño, terrorífico, que se propaga
a gran distancia revelando así que en aquella
cavidad existe un gran caudal de agua. Estos
ecos cavernosos que produce la caída de un
cuerpo sobre el invisible líquido, aterroriza
hasta hoy día a los sencillos y supersticiosos
moradores del pueblo de Ucí, quienes creen a
pie juntillas que un día u otro saliendo de su
cauce, cual una enorme tromba, lo destruirá
todo. Pero pueden tener razón, toda vez que
así sucedió en otra ocasión según reza la leyenda
que ya es oportuno relatar aquí. Voy a
hacer la versión del modo que me la refirió
uno de los mayas más ancianos del pueblo de
Ucí.
En remotos tiempos, el lugar que ocupa este
pueblo, lo ocupaba una gran ciudad gobernada
por un hombre poderosísimo a quien obedecían
muchos pueblos de la región. Éste tenía
una hija hermosa como un sol. Amén de su
belleza, era mujer por demás muy entendida,
pues hilaba como una diosa y hacía también
mil primores con la aguja.
La fama de sus habilidades y de su hermosura
se extendió rápidamente y de muy lejos venían
los hijos de otros gobernantes a pedirla
en matrimonio. Pero ninguno pudo cautivar
su corazón y este menosprecio ocasionó frecuentes
guerras con los padres de los que se
creyeron ofendidos.
Un día (pues ha de saberse que era muy aficionada
a la caza) la animosa joven se paseaba en
los montes de las cercanías acompañada de su
asistente predilecta, cuando vio un joven cazador
ejecutar tantas proezas, que se enamoró
de él. Desde entonces la incauta princesa no
faltó un sólo día en aquel paraje, en donde en
compañía del doncel pasaba horas enteras en
amorosas pláticas. Pero yendo y viniendo los
días, le llegó la noticia al gobernante de lo
que pasaba, indagó escrupulosamente quien
era el que había logrado avasallar el alma de
su hija, y se asombró al saber que era un simple
oficial de su ejército. Entonces indignado
le prohibió que lo siguiese amando.
Ella se quedó sorprendida. No comprendía
aquella intimidación en boca de un padre que
había aceptado guerras sangrientas por no sacrificar
su corazón que había dejado libre para
amar al que quisiese. Y el suyo había elegido
al más hermoso y más valiente de los jóvenes
de toda la tierra ¿No bastaba esto? ¿No era
por ventura lo más justo? ¿Y porque no había
de poder elevar a aquel joven a las mayores
dignidades cuando los dioses se habían complacido
en dotarlo de tanta belleza como intrepidez?
Lloró, se desesperó, hallando siempre
la razón de su parte. Pero todas estas protestas
habían sido mudas. Nunca se hizo llegar una
queja hasta el autor de sus días que la creía
resignada. Transcurrieron así muchos días sin
que la princesa saliese de su habitación; pero
llegó uno en que no pudo resistir a la tentación
de ver al que tanto amaba y marchó al monte.
Allí lo encontró, pero ¡Que cambiado estaba!
Su semblante había empalidecido. Temblaban
sus miembros de ira y sus ojos parecían arrojar
llamas. La princesa retrocedió de espanto
y de dolor. Su marchito semblante se puso aún
más pálido que el de su amante y no pudo articular
una sola palabra. Sentía más que nunca
el peso de su desgracia. Mediaba, efectivamente,
un abismo infranqueable entre los dos:
ella era princesa y él un oscuro soldado. Y, sin
embargo, se amaban y su amor los consumía.
Llevó las manos a los ojos, bajó su hermosa
cabeza y rompió a llorar.
Entonces el obstinado joven acercándose a
ella exclamó con temblorosa y entrecortada
voz –Veo que no hay remedio. Yo vivo de la
luz de tus ojos. Mi perdición esta decretada.
Deseo morir, pero he de morir vengado. La
princesa lo miró con asombro. ¡Ah!- continúo
con valor- ámame siempre y moriré digno de
ti. Júrame que me amas, que me amarás mientras
tú vivas. La joven subyugada por aquella
expresión de energía salvaje, levantándose de
pronto exclamó. ¡Si lo juro: o tú o la muerte!
La estrechó entonces contra su pecho delirante,
pero la emoción producida por la respuesta
le había quitado el conocimiento.
Esta entrevista debía de traer funestísimas
consecuencias. Efectivamente, el joven tan
audaz como insensato que había arrancado
aquel juramento a la princesa, llevado de su
locura amorosa, iba a tentar hasta los mismos
dioses que a su juicio le negaban su protección
injustamente.
El sol acababa de meterse por los montes de
occidente, cuando una sombra deslizándose
cautelosamente por las calles de la ciudad, se
detuvo al pie del cerro que habitaba el más poderoso
dios protector de la ciudad, el dios de
las riquezas. Él con tanta cautela había llegado
hasta aquel lugar, no era otro que el héroe
de esta historia. Llevaba como de ordinario su
funda llena de saetas, su arco y una pala de
piedra. En aquel momento la luna se alzaba
por el oriente bañando con su suave luz los
montículos que proyectaron conos de sombra
hacia el otro lado. El joven se refugio en la
sombra y comenzó a socavar queriendo llevar
a acabo un atentado inaudito.
El Loco, así debe de llamársele, socavó con
tal valor la falda del montículo, que perforándolo
por completo, se hizo visible un vastísimo
palacio, la mansión del dios de las riquezas.
En el centro de una espaciosa sala había
un arca abierta de la cual manaba oro como
de una fuente. El cazador quedó pasmado al
ver brillar tanto oro a los rayos de una luz intensísima
que iluminaba todo el palacio; pero
recobrando su valor, entró resueltamente. Entonces
vio al dios cruzado de brazos mirándolo
frente a frente.
El temerario continuo andando, más se detuvo
al escuchar la voz fuerte del dios que le preguntaba.
¿Qué te trae por aquí, mortal insensato?
Al cual contestó: Te pedí tu protección
y me la negaste. Demandé justicia y te hiciste
sordo a mis ruegos. Quise el oro y el renombre
de un rey y no hiciste caso de mí. Me has hecho
nacer para sufrir sin razón y yo me vengo
de ti. Si eres inmortal, quítame esta vida que
me pesa, pero si no, muere dios desnaturalizado,
dios cruel, por tu maldad.
Y dirigiendo su arco al pecho del genio inmortal,
disparó la flecha que describió una curva,
volvió hacía él y atravesándole el corazón, lo
hizo caer en tierra sin vida. La noche que tuvo
lugar la escena que acabo de referir, la princesa
no había podido conciliar el sueño, no obstante
que la estrella de la mañana estaba cerca
de aparecer por el oriente. Sentía una emoción
extraña. Un presentimiento le indicaba que
debía de tener lugar un acontecimiento terrible,
extraordinario, como sucedió en efecto.
De improviso vio su alcoba iluminada de una
luz vivísima apareciendo en aquel foco de
resplandor la cara del dios de las riquezas. La
princesa se quedó pasmada ante aquella visión
y automáticamente se postró de rodillas
extendiendo los brazos hacia la deidad. Vio
entonces que a sus pies yacía el cazador con
el corazón atravesado de una saeta; pero su
morado semblante aún expresaba la contracción
suprema de una rabia feroz helada por la
muerte. Sintió que iba a perder el conocimiento
y en medio de su congoja, sólo pudo dar
un ahogado grito de dolor. Más aquel gemido
lastimero fue apagado por una voz de trueno
que decía.
Tú, princesa indigna, has conducido a su perdición
a este joven insensato. Lo llenaste de
esperanzas vanas y lo enloqueciste. Él ha pagado
la pena de su osadía y tú también recibe
el castigo que te toca. Se oyó entonces un estruendo
formidable y un instante después yacían
en el suelo dos cadáveres informes: el del
joven cazador y la princesa.
Cuando la luz del nuevo día apareció en el
oriente, iluminó una de las escenas más espantosas
que jamás haya tenido lugar: Una
columna de agua que durante la noche había
brotado de Popolá, había inundado la ciudad
arrasándolo todo con su irresistible empuje.
Sobre el inmenso lago que la sumergía nadaban
centenares de millares de cadáveres. En
la cúspide del más grande los cerros se veía
al dios de las riquezas paseando una mirada
de satisfacción sobre aquel cuadro de horrores.
Cuando, al cabo de algunos días, se resumieron
las aguas, la ciudad estaba del todo
arruinada quedando tan solo la mansión de los
dioses.
Memphis es una ciudad del estado americano
de Tennessee, situada en el río Misisipi en su
unión con el río Wolf. Esta situada en el condado
de Shelby.
Apunta Eulogio Palma y Palma al pie de la
leyenda que “entre las creencias se dice que
para San Juan los que suben a la cima del cerro
más grande o se acercan mucho, perciben
una música muy melodiosa y agradable, porque
ese día es de regocijo para el genio que
vive en el cerro. También los mayas veneraron
mucho una cruz cuya pequeña capilla estuvo
muchos años sobre el mismo montículo sin
que esto motivase el olvido del duende que
vive ahí. Hoy mismo a la vez que practican el
culto católico a su manera, creen en el Yummil
muul que suele aparecer en forma de moscón
negro anillado de amarrillo, (Holon) en
el Yummil Kaax, (dueño o dios de los montes)
en el Yumil col (dios de las siembras), en el
Yumil chaac (dios de la lluvia) etc. A quienes
ofrecen el zacá, el kool y el balché en ciertas
ocasiones para hacerlos propicios. Esto la hacen
los sacerdotes (xmenes) a quienes también
llaman kines. Con muchas ceremonias supersticiosas
en parajes ocultos donde no asisten
las mujeres, ni consienten la presencia de los
blancos de cuyas creencias recelan siempre.
Este acto de ofrecer comidas y bebidas a los
genios protectores se llama tidch.
Esta leyenda fue tomada del original de don
Eulogio Palma y Palma de su libro Los Mayas,
editado en 1901. Tiene algunas ligeras
adecuaciones para facilitar su comprensión.
(Valerio Buenfil)


